La inteligencia se ha atribuido clásicamente a las
capacidades cognitivas (PENSAR, RAZONAR, ANALIZAR...) relacionadas con el
pensamiento abstracto, teórico, científico y académico. Sin embargo, en los
últimos tiempos se han consolidado otras acepciones más amplias de la
inteligencia, como las propuestas por Stenberg, Gardner, Salovey, Martinaud,
Englehart, entre otros. Más recientemente, Goleman ha desarrollado las bases
conceptuales de la INTELIGENCIA EMOCIONAL, como una opción del desarrollo
humano dirigida a conseguir el éxito personal en las distintas facetas de la
vida, entendido como el logro de la felicidad, la comunicación eficaz con las
demás personas, la automotivación para conseguir los objetivos que nos
proponemos, para ser constantes en nuestras actividades, para solucionar los
conflictos interpersonales, y dirigida también a adaptamos a las
circunstancias, haciendo uso de esa capacidad de conocimiento y manejo de
nuestra emocionalidad y de las habilidades empáticas que nos permiten mejorar
la comunicación con los demás.
Tener un elevado C.I. (Cociente intelectual) no es
una condición suficiente que garantice el éxito en la vida, es necesario algo
más que una buena inteligencia abstracta para poder solucionar los problemas
personales derivados de la emocionalidad, y de los problemas de relación con
las personas próximas. Para ello es necesario desarrollar una serie de
HABILIDADES DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL que no guardan relación con las
destrezas escolares, intelectuales o abstractas, sino que forman parte de las
capacidades de conocimiento y control adecuados de las propias emociones, y el
conocimiento empático de las que expresan las personas con quienes vivimos.
Las HABILIDADES EMOCIONALES se pueden definir como
las capacidades y disposiciones para crear voluntariamente un ESTADO DE ÁNIMO 0
SENTIMIENTO a partir de las ideas que tenemos sobre lo que ocurre. De ahí que
sea necesario aprender a atribuir significados emocionalmente deseables a los
acontecimientos que tienen lugar en las relaciones que establecemos con los
demás. De este modo, conociendo qué pensamientos y comportamientos provocan
nuestros estados de ánimo, podremos manejarlos mejor para solucionar los
problemas que aquellos generan. La inteligencia es precisamente eso, la
capacidad de solucionar problemas adaptándose a las circunstancias. Cuando los
problemas son de índole emocional, son las HABILIDADES EMOCIONALES las que
deberemos poner en práctica para alcanzar mayores niveles de satisfacción y de
desarrollo personal. Para que ello se produzca, no debe olvidarse la dimensión
social que enmarca la expresión emocional de nuestros estados de ánimo. Es por
ello que las HABILIDADES SOCIALES deben vincularse con las EMOCIONALES, de tal
modo que las tres dimensiones del comportamiento: pensar, sentir y hacer (respuestas
cognitivas, afectivas y conductuales) queden integradas.
Las emociones son alteraciones súbitas, rápidas e intuitivas de
nuestro estado de ánimo que experimentamos casi sin darnos cuenta. Son
provocadas por ideas, recuerdos o acontecimientos que producen reacciones
rápidas que conducen a actuar en función de lo que sentimos en ese momento.
La emoción producida da paso a un estado de ánimo
que denominamos sentimiento. Así por ejemplo, después de una emoción súbita de
tristeza producida por una mala noticia (desastres naturales, hambre,
accidentes...) nos produce un sentimiento de frustración, impotencia, de
decaimiento por no poder hacer nada, es nuestro estado de ánimo derivado de la
emoción negativa, y que se prolonga en el tiempo, es más duradero que la propia
emoción.
Una actuación inteligente consiste en saber identificar
bien el origen y la naturaleza de las emociones en nosotros mismos para poder
controlarlas de manera reflexiva, estableciendo relaciones adecuadas entre los
pensamientos, las emociones y el comportamiento, como una forma de orientar la
vida personal; es decir, empleándolas inteligentemente.
Podemos conocer en los demás los indicadores
gestuales y verbales que se emplean para transmitir el mensaje afectivo. De ese
modo, tenemos más información cualitativa sobre nosotros mismos, sobre las
personas con quienes interactuamos y sobre las características de la
interacción que se produce (diálogo, conversaciones, conflictos, etc.). Es un
primer paso para mejorar la convivencia y el clima social, escolar, personal y
familiar.
Podemos aprender a ser más inteligentes emocionales
desarrollando las habilidades necesarias para ello. Las emociones denominadas
"básicas o innatas" como la alegría, la tristeza, la ira 1 enfado, la
sorpresa, el miedo y el asco 1 desprecio son consideradas como universales. Sin
embargo, podemos aprender las emociones de acuerdo con el ambiente en el que
vivimos, y de acuerdo con la educación que recibimos. Desde la niñez,
adolescencia y la juventud se van consolidando estilos emocionales según las
circunstancias que hayamos vivido.
Saber convivir con las emociones o sentimientos
negativos (ira, frustración, ansiedad, celos, odio, frialdad, arrogancia,
pena...) dando paso a las positivas (altruismo, alegría, generosidad, humildad,
tolerancia...) es una muestra de INTELIGENCIA EMOCIONAL. Para ello podemos
aprender a sustituir unas por otras y a expresarías adecuadamente, respetando
nuestros propios derechos y los derechos de los demás. Aprender a expresarías
supone un esfuerzo intencional, un querer hacerlo o automotivación. Cuando logramos
ese aprendizaje, es decir, el manejar bien una emoción o estado de ánimo somos
capaces de encadenarlos con otros estados de ánimo favorables. Por ejemplo, si
queremos conseguir un aprobado en una asignatura y lo conseguimos nos produce
un sentimiento de satisfacción personal, como consecuencia aumenta nuestra
"energía vital" o ganas por hacer cosas, se lo comunicamos a nuestros
compañeros, padres o amigos, nos sentimos felices y emprendemos otras acciones
con más ánimo.
Ser hábil emocional consiste en desarrollar motivos, argumentos
o razones suficientes y adecuados que nos permitan mejorar nuestra autoestima y
autoconfianza. Diríamos que consiste en dar significados a los acontecimientos
para que las emociones que nos puedan provocar no hagan de nosotros unas
personas permanentemente infelices. ¿Por qué y para qué? Téngase en cuenta que
las emociones no controladas debidamente pueden producir repercusiones en
nuestro cuerpo (somatización). Así, por ejemplo, cuando estamos ansiosos por
algún acontecimiento, nos produce aumento del ritmo cardiaco, opresión
torácica, sudoración, dolor de cabeza, etc. En la medida en que seamos capaces
de dar paso a un estado de ánimo positivo (relajación, tranquilidad,
empatía...) estaremos haciendo uso de nuestra INTELIGENCIA EMOCIONAL.
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